Mi primer maratón, felicidad absoluta y mucho dolor

Artículo por @manumanuti #therunningalmanac

Man in the mirror by Michael Jackson

Nervioso no, emocionado sí. Había esperado este día desde hace casi un año. Me desperté puntualmente cada hora durante la madrugada hasta que dieron las 5 am. Di algunas vueltas por la casa esperando vanamente que me dieran ganas de ir al baño -pero nada- un remojón rápido en la regadera y después a ponerme la playera oficial. Esta vez sí conseguí talla chica.

Tomé un Uber que me salió gratis por el código de descuento del maratón, y me encontré con el sólito Omar en la entrada principal de Bellas Artes. Como un intercambio entre un Dealer y un Jonkie me pasó lo que nosotros llamamos “los chochos”, que no son más que las gomitas calóricas de Gatorade.

Mientras esperábamos el disparo de salida en el bloque verde (justo atrás de la categoría elite y el amarillo) nos pusimos a platicar con un señor de unos 50 años.

– Oiga, y usted ¿cuántos maratones lleva?

– ¿Este año? 2, este es el tercero, y me falta uno en Berlín y en Diciembre en Puebla para terminar el año.

– Ah, oc. Este es nuestro primero… de la vida jajaja.

– ¿Cuánto lleva corriendo?

– Maratones 10 años, corriendo 25 años.

– Ya ves Omar, mientras tú nacías, el señor ya andaba dándole a las pistas.

Después del riguroso himno nacional y del tema oficial de Star Wars por la Sinfónica de la Ciudad (prefiero por mucho el segundo que el primero), contamos “pa’ atrás” de 10 a 1 y arrancamos. Bueno caminamos como 10 minutos hasta la línea de salida. Nike Plus, 3,2,1, acción.

– ¿Tienes alguna estrategia? Me había preguntado Omar antes de empezar.

– La verdad es que no, mi objetivo es acabarla y hacer menos de 4 horas, así que llevaré el mismo ritmo constante de principio a fin, unos 5.30 mins por kilómetro.

A partir del primer kilómetro, Omar y yo nos separamos y no volveríamos a saber de nosotros hasta Ciudad Universitaria. Yo corría muy tranquilo, con mi playlist que era un mix de otras playlists de carreras pasadas, incluía desde The Killers, Beethoven, Sam Smith, Beyoncé y hasta Yuri y Juan Gabriel. Me empezaban a dar ganas de orinar.

Los primeros kilómetros pasaban muy rápido, sin sentirse ni en el físico ni en la mente. Un factor importante de la carrera fue el apoyo incondicional de la gente: los niños judíos de Polanco, las chavas con sus carteles con frases de apoyo “Ya falta menos” decía uno, lo cuál me pareció un tanto obvio; la señora chimuela que gritaba “ánimo, vamos” y pude entrever su único diente que se columpiaba hacia adelante y hacia atrás por la intensidad sonora de su grito.

Entre las bolsas de agua y los vasos de Gatorade, las calles estaban mojadas, y algo resbalosas; por el kilómetro 10 se me cayó un paquetito de “chochos” y al agacharme me deslicé, pero en una maniobra un tanto felina y un tanto circense, mantuve el equilibrio y seguí corriendo. Me comía una gomita cada 5 minutos, y me hidrataba cada vez que podía.

En el circuito Gandhi, las ganas de hacer pipí se volvieron irrefrenables, así que me uní a un grupo de hombres incontinentes como yo, que se escondían detrás de los árboles para liberar sus necesidad como perros. Perdónenme la vida.

Pasaban los kilómetros y el cansancio aún no se hacía evidente. Cuando llegué a los 21 me dije a mí mismo “mí mismo, te falta un medio maratón más”, cuando llegué a los 30 recordé el split de Adidas y la hazaña ante lo complicado del trail; cuando superé los 33, tomé conciencia de que nunca había corrido más allá de esta distancia antes en mi vida; además algunos corredores llaman a este hito “La Pared”, el momento en que el cuerpo experimenta un cansancio extenuante, al punto de deprimir inclusive el estado anímico.

Insurgentes de repente se convirtió en un mercado, o más bien en un buffet; las personas además de alentarte te ofrecían caramelos, plátanos enteros y rebanadas de naranja, cucharitas de miel y palitos de Nutella, alegrías,  agua simple, de sabor, Gatorade, Coca Cola.

Corrí otros dos kilómetros más, al mismo ritmo constante, y veía cuerpos tirados en el suelo, como en un campo de batalla; acalambrados, mientras los médicos y uno que otro solidarizado les tallaba las piernas a los corredores con pomadas calientes, tratando de reanimarlas y revivirlas.

Mi cuerpo trató de apagarse por el kilómetro 35. Mis piernas se volvieron tan pesadas, y se me encorvó el cuerpo, era como si de un kilómetro a otro hubiese envejecido 50 años. Ahora los kilómetros parecían tener 3 mil metros en lugar de uno, se hacían tan largos, interminables. Yo tomaba casi todo lo que me ofrecían de comer y tomar, esperando que algo de eso me reconfortara por dentro y me diera las fuerzas necesarias para seguir.

¡No te detengas! ¡No te detengas! era la letanía que resonaba en mi cabeza. Disminuí la velocidad, pero en la batalla con el cansancio fulminante salí avante; no me detuve y continué.

Omar me había contado que había leído en un artículo de Araíz, que era bueno dedicarle cada uno de los últimos kilómetros a alguna persona entrañable, pero andaba tan concentrado en mover las piernas que lo olvidé.

Cuando vi el letrero de 41 kilómetros, una recarga de energía me entró por los ojos y recorrió todo el cuerpo. Aceleré. Yo jamás he atravesado la meta caminando, y esta no iba a ser la primera vez.

¡Vamos el último sprint! Entré a la explanada del estadio rebasando mucha gente, y luego el túnel fue como el preludio de un final feliz. Cuando entré al estadio, escuché a la gente gritar y aplaudir, y los vi saltando en las gradas. Era el final olímpico que tanto había soñado. Atravesé la meta en un tiempo de 4:04, comencé a caminar y me puse a llorar (sí, otra vez).

No había logrado mi meta de tiempo, pero eso no importaba, era el hombre más feliz del mundo. Antes de la zona de recuperación, dos amigas nos esperaban, Moni y Dani, con sus carteles, uno significativamente más bonito que el otro.

– ¿Ya vieron a Omar?

– Sí, venía atrás de ti.

No puedo negar que sentí mucha satisfacción de haberlo vencido, aunque también hay que admitir que él llegaba con una fuerte lesión y varias sesiones con el fisioterapeuta.

“Manu, Manu” Omar me gritó a las espaldas, y cuando giré no pudimos evitar fundirnos en un abrazo. La verdad es que este sueño lo cumplimos juntos, como amigos, como hermanos.

– ¿Y ahora qué? ¿Qué sigue? le pregunté.

– Pues yo me tomaré un descanso de un mes. ¿tú?

– Yo, un poco menos. Pero, ya siendo serios, un maratón internacional el próximo año, Chicago o Nueva York, no estaría nada mal.

Ahora sufro, desde el sillón de la casa, los males ubicuos del cuerpo. ¿Qué me tomo?

Processed with VSCOcam with 5 preset

Anuncios

Un comentario en “Mi primer maratón, felicidad absoluta y mucho dolor

  1. ¡Queridos campeones!, no me queda más que decirles que son una inspiración. Que cada logro, aunque muy suyo, también se siente nuestro por la manera en que nos lo comparten y hacen sentir. Los quiero y espero sigan cumpliendo muchas metas más que, estoy seguro, lograrán cumplir con éxito.
    Un fuerte abrazo,
    -amch

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s