Habemus Maratonistas

Artículo por @rood_omar #therunningalmanac

Can’t feel my face by The Weekend

Hace un mes una bursitis en el tobillo izquierdo me dejó fuera de las pistas por un par de semanas, la causa de la inflamación en mi tobillo se debía a otra lesión detrás de mi rodilla derecha, la famosa “banda del corredor”. Una lesión causó la otra, bio-mecánicamente; con tal de compensar el dolor de mi lado diestro, mi tobillo izquierdo hacía un doble esfuerzo hasta el punto en que me imposibilitó caminar.

Asistí a 12 sesiones de fisioterapia; electrodos, ultrasonidos, hidromasajes, mucho hielo y estiramientos constantes fueron las herramientas que eventualmente me sacaron de las lesiones.

Conforme el tiempo avanzaba, el maratón se acercaba y mis miedos e inseguridades aumentaban. No me podría perdonar no acabar el maratón, llevaba preparándome física, mental y emocionalmente desde hace un año para esta carrera.
Cambié mi rutina, mi alimentación, mis horas de sueño y hasta mis ratos libres para este día.

Una noche antes, ilusamente me acosté a los 8pm pero era tanto el nervio y la emoción que acabé durmiéndome a las 12; medio descansé cuatro horas y media y me levanté, confiado en que haría todo lo que estuviera en mis posibilidades para hacer una exitosa carrera.

Vi a Manu en Bellas Artes, esta vez si calentamos propiamente entre 15 y 20 minutos y nos ubicamos en el bloque verde. Después de una hora de espera, cruzamos la linea de salida; él salió disparado como siempre lo suele hacer, esquivando corredores de un lado a otro, cómo prófugo en persecución. Yo traté de no perderle la vista los primeros 5 km – mantén tus ojos en esa cabeza pelona, me decía – sin embargo, opté por dejarlo ir, esta vez, las ‘carreritas’ con él no eran mi prioridad.

Desde el kilómetro 6 me encontré con familiares muy queridos que me habían ido a apoyar, para el kilómetro 11 vi a mi madre, mi abuela y mi hermana, sus gritos de apoyo eran gasolina para mi cuerpo; 3 kilómetros después mis tíos y mis primas me alentaban con sus gritos. Así fui encontrando familiares hasta el kilómetro 18. No me cansaré de decir lo infinitamente agradecido que estoy con ellos por haberme apoyado en todo momento y en haber creído en mis ganas de querer hacer estar carrera a pesar de mis lesiones.

Yo me sentía bien, no tenía señales de dolor y el haber visto a mis seres queridos me había dejado una sonrisa imborrable en el rostro, que de alguna u otra forma, me daba energía para continuar con mi ritmo de 5:30km/min.

Siempre he creído que los gritos de apoyo, los “tú puedes, lo vas lograr” tienen un efecto directo sobre nuestro desempeño al correr. Es por eso que valoro tanto a los voluntarios para el maratón, el año pasado yo mismo me alisté como voluntario; todavía no tenía la capacidad para correr esa distancia, pero si la energía para levantarle el ánimo y apoyar psicológicamente a todos esos héroes que planeaban vencer aquellos 42 kilómetros y 195 metros.

Cuando llegamos a Chapultepec empecé a sentir golpes de dolor, momentáneos, como truenos que anuncian que una tormenta está por caer, por un momento traté de ignorar el dolor, creyendo ilusamente, que alejarlo de mi mente también lo alejaría de mi cuerpo.

Justo cruzando la marca del kilómetro 30 paré en seco, me orillé y estiré mis piernas, traté de seguir pero no pasaron dos cuadras para que tuviera que parar de nuevo, el dolor detrás de la rodilla era insoportable, titánico, fulminante.

Un alma generosa me apoyó con pomada y masaje en mi pierna, sin embargo los siguientes dos kilómetros estuvieron acompañados de más dolor combinados con frustración y mucho llanto. No podía ser, a tan solo diez kilómetros de la meta mi cuerpo me había puesto un alto. Paré unas dos veces más a que los paramédicos me untaran, con sus santas manos pomada y me ofrecieran masaje detrás de mi rodilla.

No se que fue, si la combinación de las tres pomadas, tanto ‘masajeo’ o mi fuerza interior diciéndome que esto no se acababa ahí, pero seguí corriendo, levemente subiendo el ritmo; vi a un niño con una pancarta que decía “el dolor es momentáneo, la gloria es eterna” y su mensaje fue una inyección de adrenalina a mi cuerpo moribundo, repetí esa frase en mi mente por los siguientes kilómetros, hasta que me di cuenta que estaba corriendo a toda velocidad, sonriendo, extasiado, había dejado al Omar lesionado kilómetros atrás junto con todos mis miedos y achaques.

Sigo sin explicarme qué pasó, como alguien puede pasar de no poder caminar a correr con todas sus fuerzas, volví a ver a mi familia en el kilómetro 37 y supe en ese momento que nada me detendría, me había hidratado bien durante la carrera, consumí los suficientes ‘chochitos’ de carbohidratos para jamás toparme con la pared, me comí unas cuantas rebanadas de plátano que me ofrecían las personas y el manjar más rico que probé ese día, una cuchara atascada de Nutella.

No puedo negar que los últimos 5 kilómetros me sentí invencible, sí, seguí teniendo dolores en partes que jamás me esperé, mi ingle, los talones, mis pectorales, mis muslos acalambrados e incluso hasta mis manos estaban dormidas. Pero esto no me detuvo ni me hizo bajar mi ritmo. Cuando vi el kilómetro 41 corrí como si no hubiera mañana, mi sonrisa no podía ser mayor, al salir del túnel del estadio quebré en llanto, no lo podía creer, había soñado tanto con este momento, me había visualizado en cada entrenamiento, en cada carrera cruzando esa meta que ahora que veía ese sueño cumplirse solo podía explotar de felicidad y euforia. Utilicé toda mi energía y me aventé el último sprint; cuando crucé la meta solo pude seguir llorando de felicidad, lo había logrado, me había convertido en un maratonista. A pesar de mi bajón, había terminado el Maratón de la Ciudad de México en 4 horas y 5 minutos.

Daniela y Moni, estaban saludándome desde las gradas del estadio, entre felices y asustadas de verme llorar, las tranquilicé con una sonrisa y caminé hacia la zona de recuperación y antes de que me dieran mi Gatorade, fui consciente de la cantidad de dolor que sentía, me tumbé en el piso y empecé a gritar del dolor en los pectorales; supongo algo hice mal en mi braceo.

Un señor, al verme revolcarme del dolor mientras me tocaba el pecho se ofreció rápidamente en auxiliarme, ha de haber creído que me estaba dando un ataque cardiaco por que insistió en llevarme a un médico pero le expliqué que solo era dolor muscular; me ayudo a reincorporarme y seguí mi camino hasta encontrar a mi familia, quien ya me esperaba pasando la entrega de medallas.

Cuando me entregaron la medalla, la volteé a ver pensando,

“Maldita, no sabes todo lo que sufrí por tenerte al rededor de mi cuello.”

Me encontré con Manu, quien había llegado 40 segundos antes que yo, nos dimos un tendido abrazo y en nuestro silencio comprendimos que los dos habíamos sufrido la ruta, que habíamos llorado y que habíamos dado todo de nosotros. Nos conocimos por culpa de Instagram pero nuestra amistad se fortaleció gracias al running, nunca me he ido a tomar un café con él, muchas de nuestras pláticas han sido en las calles y las pistas, con nuestros tenis y playeras deportivas. El 30 de agosto se culminó toda esa preparación, todos esos entrenamientos dieron los frutos deseados.

De atascados ya estamos pensando cual será nuestro siguiente objetivo, ¿Nueva York 2016?, ¿Chicago 2016?, no lo sé. Pero de algo estoy seguro, el maratón cambió nuestras vidas, comprendimos que la perseverancia y la dedicación son la clave para lograr cualquier cosa que nos propongamos, ese día entendimos que no existen los límites, llevamos al máximo nuestros cuerpos y aprendimos que cuando se quiere algo con el corazón, la mente ordena y el cuerpo obedece.

PD. Al día siguiente busqué a mi doctor, esperando encontrar una explicación científica a esa desaparición de dolor, a ese cambio abrupto de energía. Su respuesta fue:

“No se qué te pasó, Omar, a veces la mente es muy poderosa.”

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2 comentarios en “Habemus Maratonistas

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