Las temibles colinas de Córdoba: Medio Maratón Casa Yanga

Artículo por @manumanuti #therunningalmanac

For a Better Day by Avicii

Apenas mi segunda carrera después del Maratón de la Ciudad de México.

Hace dos semanas participé con mi madre en la Global Energy Race de Bimbo, una competencia que se corrió en 22 ciudades y 19 países diferentes del mundo de forma contemporánea;  y este fin de semana nos lanzamos hasta Córdoba Veracruz para el primer medio maratón Casa Yanga.

Para mí este fue el sexto medio maratón del año, y para mi madre el cuarto, sorprendente si pensamos que antes de 2015, ella no había corrido ninguno.

“Estás loca madre, pero de esa locura positiva”.

Mamá recta final

Roadtrip como se ha vuelto habitual últimamente, solo ella y yo -Omar aún no se anima a dejar la capital para correr en otro Estado. Y por si fuera poco lleva inactivo más de un mes, por su miedo a otra lesión, y por un poquito de desdén.

“Ya soy maratonista”. Se ha vuelto su defensa inapelable.

Dos horas y media de Xalapa a Córdoba. Lo primero que hicimos fue el check-in en el hotel, dejar las maletas y lanzarnos a recoger nuestros kits para la competencia. Nuestro miedo siempre es no encontrar más tallas “S”, que son las primeras en terminarse,

“¿Cuál problema de obesidad en nuestro país?”

“Pues sí, escogen talla S, pero ahí los ves en la carrera como embutidos ambulantes.”

Ya eran las 10 de la noche y aún no habíamos cenado nada, así que pedimos club sandwiches a la habitación, mientras veíamos el partido de México contra Estados Unidos; y con el estómago lleno, muy irresponsablemente, nos recostamos a hibernar.

Alarma a las 6 am, baño frío, shorts, playera, cangurera, celular, audífonos, sorbos de agua, pipí, intento de popó. Nada. La salida era justamente enfrente del hotel.

A 5 minutos de la salida, se le ocurrió orinar a mi mamá, la tercer o cuarta vez en el lapso de una hora. Y casi como un contagio nervioso, a mi me dieron ganas, pero de algo más sólido.

“No puedo correr así, 21 kilómetros” pensé, “ni modo, a ver qué pasa”. Afortunadamente no pasó nada.

Disparo. Comenzó la carrera. Mi mamá no había regresado aún del baño, y no nos pudimos desear ni buena suerte ni nada. Pero a unos metros de haber arrancado, sentí el golpeteo de una mano diminuta en mi hombro; era ella. Me pidió que le activara la app para medir su rendimiento – ella le llama “la princesita”. Me dijo “suerte” con su voz aguda, y la dejé atrás a un ritmo por debajo de los 4’50”.

Los primeros cinco kilómetros fueron de bajada. Yo iba volando liviano, sintiendo apenas el pavimento bajo mis pies, y respirando el intenso aroma de café de esa fresca mañana cordobesa. Después el aroma de café se transformó en caucho, por las llanteras de la zona periférica de la ciudad, y después otra vez en café.

Los descensos son maravillosos para el corredor, te permiten estirar los brazos, dejarte llevar por la gravedad y la inercia del movimiento; sin embargo, tienen también una inmensa y drástica debilidad: después de una bajada pronunciada, le sigue una subida proporcional.

Fueron casi 10 kilómetros en ascenso, mi ritmo fue disminuyendo, no de manera significativa, pero si era notorio, en la información que me susurraba el iPhone a través de  nike+ y en el resentimiento de mis piernas.

Las subidas queman, agotan, desesperan, parecen infinitas. La mayoría de los corredores disminuyen la velocidad en las calles inclinadas, pero yo en cambio la aumento, y siempre resulta una buena estrategia para dejar atrás a muchos adversarios.

Me tocó nuevamente alentar a dos señores que a la mitad del recorrido ya habían consumido todas sus energías.

“Vamos” les gritaba, con la típica palmada de consuelo en su espaldilla sudada.

Mi madre también me dijo que una señora la reconoció, al parecer de la carrera del año pasado,

“¡Tú puedes Paty!”, ante el desconcierto de mi madre que en ese momento no supo ni quién era, ni por qué le gritaba a ella.

Alcancé la cima al kilómetro 16, y supe que los últimos cinco serían de bajada otra vez. Era el momento de acelerar.

Sin miedo a caer y rodar como en una avalancha de grava y sudor, me dejé llevar por una fuerza abrumadora que me alentaba a seguir. Pensaba en el poco entrenamiento de las últimas semanas (¿por qué no entrené más?) y en mi madre que seguramente aún venía escalando esas colinas infernales.

“Mi madre se encomienda a Dios, a la virgen y a los santos. Lo que ella no sabe es que su fuerza y su aguante residen dentro de sí. Yo me encomiendo al deseo por superarme.”

Alcancé a rebasar a mucha gente, y cuando vi en el horizonte la punta de la Catedral de la Inmaculada Concepción, supe que ya estaba cerca, a lo mucho dos kilómetros. Llevé mi cuerpo el ápice de sus capacidades, inclusive creí que mi rodilla defectuosa se desprendería en cualquier momento, pero no sentí dolor. Le alcancé a robar sus lugares a dos confiados que entraban a la meta trotando.

“A la meta se debe entrar envuelto en fuego, echando chispas por todas partes, a la máxima velocidad”.

1 hora 43 minutos, mi tercer mejor tiempo histórico en esta distancia.

Corrí al cuarto del hotel por mi cámara,  comencé a practicar unos disparos -apenas estoy aprendiendo a utilizarla-.

“¿Te puedo tomar una foto?”

“No hablo mucho español.”

Fotografié a un chavo húngaro de Budapest, Kalmár Gabor, que vino de intercambio a Córdoba por un año y decidió correr el medio maratón. 1 hora 50 minutos (nada mal, considerando que ese era mi tiempo récord el año pasado.)

“¿Tienes Instagram para etiquetarte?”

Después me fui a la línea de llegada para esperar a mi madre; y cuando el cronómetro pasó las dos horas con 40 minutos pude verla a la distancia.

Me sorprendió porque esta vez no venía encorvada, ni con gestos de cansancio extremo;  al contrario, venía desbocada a toda velocidad con cohetes invisibles en la espalda, de hecho todavía alcanzó a rebasar un señor en los últimos 100 metros y pulverizó la meta alzando los brazos victoriosos, y apretando en su puño su toallita rosa de la suerte.

Mamá Meta

Recogimos medallas, baño rápido en el hotel, crema hidratante para los pies y un desayuno de fruta y yogurt en el restaurante.

“¿Cómo te sentiste madre?”

“Terrible, ha sido la más difícil que he corrido; pero no me detuve, dolía mucho en las piernas, pero no me detuve”.

Y recordé lo que Murakami escribió en su libro What I talk about when I talk about running:

“El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional. Digamos que estás corriendo y piensas, ‘Diablos, esto duele, no puedo soportarlo más’. La parte ‘dolorosa’ es una realidad inevitable, pero la posibilidad de aguantarlo más o no, depende del corredor mismo.”

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4 comentarios en “Las temibles colinas de Córdoba: Medio Maratón Casa Yanga

  1. Manuel aunque no tengo el gusto de conocerte personalmente por pláticas de tu mama ya lo tengo te felicitó por disfrutar con ella de bonitos momentos inolvidables en segundo porque con tu bella narración sentí lo vivido por ustedes los admiró.

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  2. Antes que nada gracias Manuel y patita por compartir esos momentos de alegría y cansancio pero sobre todo los retos que se ponen por que fácil es decir maratón o medio maratón pero el culminarlo es de inmesa alegria, felicidad aunque duela las piernas pero estando hijo y madre todo será maravilloso. Felicidades a los dos. Tk

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