Maratón cdmx: Mi mamá ya es maratonista

Artículo por @manumanuti

Perfect Strangers by Jonas Blue, JP Cooper.

Después de un año de incertidumbre, de esperanzas, de esfuerzo, de caídas y de redención, mi mamá por fin encaró uno de los retos más desafiantes en su vida, e indudablemente, el más grande en su corta carrera como runner: correr un maratón.

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Entrevista previa al maratón

Maratón cdmx 2016. Llegué a este día, sin haber entrenado bien, con muchas interrupciones, con poco nervio, con tanta emoción, pero con la seguridad de ya haber corrido uno (siempre la primera vez es una incógnita siniestra). Mi madre también, muy sosiega y apaciguada, a pesar de ser novata en esta odisea. Nos deseamos suerte, y esperamos el disparo de salida.

Decidí no pensar en los demás competidores, era una carrera contra mí mismo, demostrarme que podía lograrlo de nuevo e intentar hacerlo mejor que el año anterior. Había de todo, corredores convencionales, otros disfrazados, los que participaban en silla de ruedas y hasta los que corrían en parejas, uno invidente el otro valiente acompañante.

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Foto: @gerabrajcich

 

Los primeros 30 kilómetros fueron un mero trámite, correrlos con soltura, a un ritmo ni muy lento ni tan rápido. Le dediqué la carrera a las personas más importantes de mi vida, los de siempre, y algunos cuantos que han adquirido relevancia en este último año. El kilómetro final desde luego a mi mamá, y los últimos metros a Yolanda, mi tercera abuela, que se me murió este año.

Los últimos kilómetros son una mezcla contradictoria de sentimientos, por una parte es el momento en que la gente más te motiva “Ya llegaste” gritaban, y yo pensaba “no me engañen, todavía falta bastante”. Me gritaban “vamos Manuel, vamos” y yo me preguntaba cómo carajo sabían mi nombre hasta que me di cuenta que lo traía escrito en el número.

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Foto: @gerabrajcich

Por otra parte ves a los costados de la calle, los disidentes, los que ya no pudieron seguir porque el cuerpo no se los permitió, desparramados en el suelo, con las piernas estiradas tratando de reducir el funesto dolor de los implacables calambres. A mí me quiso dar uno, entrando al Estadio Olímpico, en ambas piernas, y literal volteé hacia abajo y les dije a mis extremidades “ni se les ocurra putas, dejarme tirado a tan pocos metros de la meta”.

¿Qué sentí cuando terminé? La satisfacción de haber derrotado a la desidia y al miedo. Lloré (sí, de nuevo) se me partió el alma primero que el cuerpo (los calambres sí llegaron, tarde, pero llegaron), y refrendar ya con la medalla al cuello, que no soy un corredor común, soy uno, un tanto mediocre sí, pero al fin y al cabo un marathoner, como muy pocos en el mundo.

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Foto: @rood_omar

La app me marcó 3 horas 59 minutos y 58 segundos. Si mi objetivo era bajarle a las 4 horas, creo que de manera muy fina, lo conseguí. Descansé un rato, inerte sobre un pasto artificial, haciendo tiempo, relajando las piernas y los pies que eran como ladrillos incandescentes, y dándole tiempo a mi madre de hacer su carrera, a su propio ritmo y sin prisas ajenas.

De repente una amiga me escribió que había visto pasar a mi mamá por el Parque Hundido, (que fue justo donde vi a mi amigo Diego y a sus dos Chihuahuas miniatura persiguiéndome para tomarme una foto). Así pues pude geo localizar mentalmente a mi madre, porque habrá que recalcar que la App del Maratón no servía para nada.

Caminando en sentido contrario con un par de amigos, fui a encontrar a mi madre a un kilómetro y medio del final. La vi segura, fuerte, decidida (la había visto en peores condiciones en competencias más cortas). Le pregunté ¿cómo vas? y me respondió un convincente “bien”. Me sentí aliviado y feliz.

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Foto: @manumanuti

La gente le gritaba “vamos Paty” y de igual manera yo emulaba esos gritos de aliento “vamos madre, ya falta menos”. Pasamos el letrero de 41 km y aumentó un poco su ritmo. Un guardia de seguridad, no me quería dejar pasar con ella porque ya no traía mi número pegado en la camiseta “Tengo que ir, acompañarla hasta el final, por favor”. Creo que ese señor pudo ver la desesperación en mi cara sudada, y se apiadó de mí.

La alcancé, la rebasé y la esperé del otro lado de la meta. Los gritos de la gente, aclamando desde las gradas del estadio, eran ensordecedores. Cuando ella atravesó ese listón imaginario, alzó los brazos victoriosos, y su sonrisa triunfadora se transformó súbito en un profundo sollozo, lleno de lágrimas, cúmulos líquidos de sentimientos inefables.

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Foto: @manumanuti

La abracé y entre los dos nos sostuvimos para no caernos. “Lo logré” decía, y caminamos hasta la zona de recuperación. Hubo un silencio, durante ese trayecto, y es que creo que mi madre aún no se daba cuenta de lo que había consumado, y a mí, por dentro, muy consciente de lo ocurrido, se me hinchaba el pecho por el orgullo incontenible  y la emoción.

¿Tienes hambre? le dije no; y es que en la recta final, ante el miedo a la inanición me tragué todo lo que me ofrecía la gente: naranjas, plátanos, dulces, agua, Gatorade, y hasta cerveza.

A casi dos semanas de aquella proeza, más suya que mía, me queda solo una última cosa por decir: la verdad es que nunca dudé de ella, no hay humanos con más temple y convicción en el mundo que los de una madre (y más aún, la mía); y ahora ella, después de tres años, ha alcanzado la cúspide, 42 km 198 m en 6 hrs. 56 mins. “Ay hijo, ni se te ocurra inscribirme a otro” me dijo, y yo me reí, cómplice de mí mismo (el que corre un maratón, no puede correr solo uno).

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Foto: @manumanuti

Gracias como siempre a Saucony por la ropa y los tenis perfectos para correr, y a Skullcandy por los audífonos wireless para ir escuchando música todo el arduo camino.

P.S. Te amo madre.

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2 comentarios en “Maratón cdmx: Mi mamá ya es maratonista

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