New record: Vegas Rock ‘n’ Roll Marathon 2016

Artículo por @manumanuti

Heatwave by Phil Collins.

Era la primera vez que recibía una invitación oficial para competir en una carrera.

“¿Maratón? ¿Las Vegas? ¿de noche? Por supuesto que acepto”.

Después de haber cancelado mi participación en Chicago por irme de trabajo a Jordania con @alanxelmundo, me faltaba correr un maratón internacional para alcanzar mi meta de 2016.

Con tanto viaje de fin de semana mi entrenamiento fue muy intermitente, pero mis músculos tienen mejor memoria que mi cerebro, y afortunadamente se mantuvieron fuertes durante este proceso.

Metí mi ropa casual en la maleta y dos pares de outfit deportivo Saucony, uno para entrenar y el otro para correr el maratón. Mis tenis predilectos de este año para largas distancias han sido los #Kinvara7, y este maratón no sería la excepción.

Viaje con Aeroméxico -sin serpientes-, aterrizaje en las Vegas y check-in en el Bellagio. A mí y a un grupo de corredores mexicanos nos tenían todo un itinerario de fin de semana.

Primero un vuelo nocturno con Maverick Helicopters sobre la ciudad, con un espectáculo de luces impresionante, y más tardar una exquisita cena en el célebre Joe’s: cangrejo rey, langosta y pescado.

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“No vayas a tomar alcohol 24 horas antes de la carrera”. Me había aconsejado Araíz, pero no fue mi culpa que el mesero, como por arte de magia, me rellenara la copa apenas me la terminaba.

Fue durante esta cena que conocí a dos corredores algo surrealistas: Jesús Hernández y Pollo Enríquez, y los llamo así, porque me pareció descabellado cuando me dijeron que ambos correrían el maratón en huaraches (no les creí). También conocí en persona a Susana Moscatel, y a otras personas/runners maravillosos.

A la mañana siguiente se organizó un entrenamiento, 8 kilómetros en total, del Bellagio a la icónica señal de Las Vegas. Cuando a vi a Chucho y a Pollo en huaraches, mi incredulidad desapareció y entonces los tuve que cuestionar.

La razón de ambos es que los tenis les estaban causando continuas lesiones, y desde que comenzaron a usar este tipo de calzado espartano (o más bien rarámuri) los malestares desaparecieron.

“Pues bueno, les creo”.

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Después del entrenamiento a lo largo del Vegas Strip, y sus monumentales hoteles temáticos, volvimos al hotel y rompimos filas. Yo me tenía que ir a recoger mi kit, así que me di un baño y descansé un poco antes de partir.

Pasé a comerme una hamburguesa a Wahlburgers – la ventaja de ir solo es que no tuve que hacer la fila de 45 minutos en espera de una mesa. Me acomodé en la barra y pedí un té helado.

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Al terminar caminé en dirección al Flamingos Vegas para tomar el monorail; este sistema de transporte es muy eficiente y económico (comparado con taxis y ubers), y te lleva a los principales puntos de la ciudad.

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Fueron dos paradas hasta el Vegas Convention Centre donde se encontraba la expo de Las Vegas Rock ‘n’ Roll Marathon. Nunca había asistido a una expo tan grande; este año participarían algo más de 50 mil corredores en las diferentes distancias: 5 km, 10 km, medio maratón y maratón.

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Primero recogí mi número con el chip, después mi playera y finalmente me quedé absorto en la zona de merchandising. Iba con la mentalidad de no comprar nada, pero salí de ahí con un par de audífonos de 10 dólares y muchas gomitas “energy chews” (mis favoritos son los de fresa).

Regresé al hotel por el mismo monorail, y descansé un poco más. En la noche, los runners “mexas” y yo nos fuimos a una cena de carb-loading a base de pasta, evidentemente a un restaurante especializado en comida italiana: Carmines. Pasta, lasagna, albóndigas, hasta postre y el prohibidísimo vino que seguía apareciendo en mi copa como por arte de magia.

Después de la cena nos fuimos al show de Michael Jackson One de Cirque du Soleil, donde evidentemente lloré durante el número de “Man in the mirror”, y después del espectáculo me fui a dormir. Al siguiente día, el domingo, sería el Maratón.

A las 10 am había quedado de “brunchear” con los otros corredores en Jasmine, dentro del Bellagio; le entramos muy bien a los huevitos, a la fruta y al yogurt porque sería -muy probablemente- nuestra última comida antes de correr. Al finalizar cada quién se fue a su recámara y quedamos de vernos 2.30 pm para partir juntos.

Lista con el team!! Las Vegas Rock 'n' Roll!!!

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Caminamos hasta el monorail, y ya se veían marabuntas de runners que se dirigían al mismo destino que nosotros. Nos bajamos en el MGM y caminamos hasta donde estaba el escenario de música. Un fuerte olor a marihuana, y el hip hop en las bocinas nos hizo recordar quién era el invitado especial: Snoop Dog.

Estuvimos un rato gritando “bitch” y ondeando las manos hasta que se abrieron los canales de salida. Antes por supuesto, fui a hacer pipí. Ya instalados en el bloque azul, casi hasta adelante Chucho me dijo “Acompáñame durante la carrera” y yo me puse muy nervioso porque él ya había corrido 15 maratones más que yo, en mucho menor tiempo. Pero me dije a mí mismo “mí mismo, no pierdes nada con intentarlo”.

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Después de un emotivo himno nacional estadounidense (no digan americano, por favor) dieron el disparo de salida. A mi izquierda podía ver la luna redimensionada de esa noche, de la que todos hablaban y subían fotos a su Instagram; y a la derecha Chucho con sus huaraches dinámicos de fantasía, de los que también todos los runners hablaban cuando lo veían pasar.

Llevábamos un ritmo espectacular; durante varios kilómetros estuvimos emparejados con el grupo del Rabbit de 3 horas 30. Yo no lo podía creer, inclusive por unos minutos los dejamos atrás, y entonces comencé a tener un poco de miedo.

“Chucho, creo que no voy a aguantar este paso”. Él solo sonrío y me dijo en buen plan “ve disminuyendo poco a poco”. Y eso, me pegó en el orgullo. “Ni madres, me dije” (en mal plan) jajaja.

La primera parte de la carrera es muy entretenida porque recorres el Strip rodeado por las luces brillantes, y casi infinitas, de todos los edificios (hoteles, plazas, casinos) y los gritos entusiastas de la gente que te apoyan sin conocerte.

A un cierto punto, Chucho empezó a tener problemas con la cinta de su huarache, y se detenía a ajustarlos. Fue aquí que comencé a ganar un poco de distancia sobre él. Logré mantener mi “pace” apenas por encima de los 5 mins por kilómetros, y rebasaba corredores que previamente me habían dejado atrás (ese es uno de mis máximos placeres al correr).

Pasé la desviación del medio maratón, y seguía sintiéndome muy poderoso, 21, 25, 30 km y se acercaba cada vez más el momento de la temida “pared” del corredor. Esta vez no fue tan evidente, no sentí de golpe el cansancio, pero mi ritmo empezó a disminuir progresivamente.

Tomaba un vaso con agua, otro con Gatorade, y uno más  me lo lanzaba encima para refrescarme. Las rodillas, ambas, me empezaron a doler un poco, e imploraba a una fuerza invisible, que no me fueran a dar calambres.

Me faltaban solo dos kilómetros, y estaba muy por debajo de mi mejor tiempo -iba a romper mi récord- y era en lo único que podía pensar; pero metros después, me dio un calambre en la ingle izquierda, que me hizo reducir la velocidad, y poco después, otro calambre en la ingle derecha, disminuyendo mi ritmo aún más. “No, ¿por qué? no me fallen” maldecía mis piernas mientras me corrían lágrimas por la cara de dolor y desesperación, que iban a confundirse con las gotas de sudor.

Sin embargo no me detuve, y cojeando seguí adelante. Cuando vi el letrero de un kilómetro, hice como en el video del viejito que suelta sus bastones para bailar; aceleré de nuevo, y con las estúpidas ingles contraídas seguí adelante. Volví a entrar al Strip y aquí las personas fueron predominantes con sus aplausos y sus gritos.

También pensé en mi madre, que anda lesionada, en Omar, mi fiel compañero de carreras, en todos los que corrimos ese día, y en todos mis amigos que no se interesan por el running. Estaba tan cerca y seguía sin ver la meta; comencé a desesperarme. De pronto, el cronómetro estaba a la vista, aceleré un poquito más y atravesé la meta.

Me puse a llorar, ahí en medio de un mar de gente, nadie me vio ni me escuchó. Tomé una botella de agua y me colgaron la medalla. No lo podía creer, los calambres se habían disipado, así nomás, y había hecho un tiempo de 3 hrs 44 minutos y 52 segundos; 15 minutos menos que mi mejor tiempo histórico de 4 horas.

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Recogí mi chamarra de finisher y me fui directo al cuarto del hotel a bañarme. Quitarme la ropa fue un martirio, y el ardor del agua caliente sobre mis pezones, insoportable. Me puse ropa cómoda y me tiré en la cama a contemplar esa medalla.

De pronto comenzaron los mensajes de mis amigos corredores. Ya todos habían terminado y querían cenar algo. Al principio, no quería porque mi cuerpo no me lo permitía, pero tomé valor y casi arrastrándome por todo el Bellagio, incluído su enorme Casino, llegué a la cafetería.

Compartimos una hamburguesa y nuestras impresiones de la carrera. Todos lucíamos sumamente cansados, pero extraordinariamente felices. Me despedí de todos ellos con un fuerte abrazo porque no los vería la mañana siguiente. Mi vuelo de regreso a la Ciudad de México era muy temprano.

Me regresé a la habitación, apagué la luz y me metí debajo de las cobijas.

Mi tercer maratón, mi primero internacional y el más rápido de siempre. Temí quedarme dormido y despertar al otro día, en otro lugar y en otras circunstancias, y que todo este logro, tan maravilloso, hubiese sido solo un sueño.

P.D. Un gusto haberlos conocido y gracias a: Chucho Hernández, Pollo Enríquez, Carolina Robles, Susana Moscatel, Ben Díaz, Jesús Romero, Fernando Hurtado y Glenda Damian. Los quiero.

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7 comentarios en “New record: Vegas Rock ‘n’ Roll Marathon 2016

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